Mañana, Teresa Victoria será legalmente nuestra hija. Al menos, eso es lo que esperamos que diga un juez, alrededor de las 14:00, cuando de por terminada la vista que nos hará padres otra vez, a la espera de que la sentencia sea firme diez días después. La ley se pronunciará mañana, pero el corazón se pronunció ya hace días, y Bika es hija nuestra desde que sus coletas entraron en nuestras vidas, barriendo dudas y escollos.
Cada día, creo, ella se siente también más parte de nosotros. Nos busca si uno de los dos se ausenta, y a Lennon le sigue, y le imita, y pelea con él por los juguetes, y si puede le chincha. Lennon, a su vez, la protege como un auténtico hermano mayor. Va tras ella si cree que va hacia zonas “peligrosas” donde se puede caer, y la coge de la mano indicándole la buena dirección. Y por supuesto no quiere que ella le siga al mismo columpio, porque entonces hay que columpiarles con cuidado de pequeños, y no “más alto”, como él quiere, como un “mayor”.
La rapidez con la que Teresa va asimilando palabras españolas, es un signo más de que hace días que no hay marcha atrás, que la que va a ser , ineludiblemente, su cultura, va penetrando en ella, invadiendo inmisericorde terrenos que hasta hoy estaban ocupados por la de la tierra donde ha nacido y que, aunque esperamos que no lo pierda del todo , irremediablemente ocupará en su cabeza un lugar secundario. Mamá y papá lo dice desde el primer día, así como algo parecido a Lennon, que suena algo así como “Lenlon”. Y ya pide agua, y dice “más”, eso si, en perfecto galego, porque pronuncia “mais” , multilingüe que va a ser mi niña. Su nombre, es algo así como “Tisisa”, y la primera petición a la que ha aprendido atender, sin dudarlo, es a la de un beso. Para abrir la boca ante cualquier signo de comida, sin embargo, no necesita el idioma, y se traga potitos de fruta, yogures y zumos, como si no tuviera fondo. Eso ya lo vivimos con Lennon. El descubrimiento de los placeres del mundo exterior, empieza por el estómago, el resto, hasta el infinito, viene después, pero eso si, a una velocidad inusitada, y a lo bueno se acostumbran enseguida, como si el derecho de posesión del mundo entero les asistiera. Creo que nuestra llegada diaria se ha convertido ya en parte de su rutina, y si no aparecemos en alguno de los turnos esto le produce desconcierto que se traduce en interrogaciones y alguna lágrima. Ayer hicimos una excursión a Yalta. Estar aquí, y no perdernos un rato para visitar la historia, para llegarnos hasta el mismo lugar, las mismas sillas, la misma mesa donde los líderes aliados certificaron la derrota del nazismo y sentaron las bases de lo que habrían de ser las Naciones Unidas, era una falta grave. Estar allí en el Palacio de Lidavia, en la sala donde firmaron, contemplando las paredes repletas de fotografías del hecho, fue uno de esos momentos grandes en que se es consciente de que se está pisando terreno antes hollado por aquellos que sentaron las bases, para bien y para mal, de lo que había de ser nuestro mundo. Fue un día grande. Pero esto no se lo pudimos explicar a Teresa. Ella solo fue consciente de que ayer por la mañana no fuimos a verla. Y supongo que eso la lleno de incertidumbre. Una incertidumbre sin bases lógicas y sin razonamiento, pero incertidumbre al fin. Es por esto por lo que al pensar lo que va a pasar a partir de mañana, el corazón se nos hace trizas. Y es que . sí, mañana es el día definitivo, pero mañana, después del juicio, Mayte, Lennon y yo, volamos de nuevo a Kiev, donde al día siguiente haremos papeleos, y el jueves volvemos a España, una vez más los tres solos. En esta carrera de obstáculos en la que se ha convertido esta aventura, que se nos antoja sin fin, uno nuevo se ha venido a sumar en la última etapa. En principio, tras diez días de celebrado el juicio, la sentencia es firme, y entonces solo queda tramitar el pasaporte de la niña en la policía, y, normalmente ese mismo día, pasaporte en mano, volver a Kiev a, en un par de días , finalizar el proceso. Pues bien, justo en estos días, parece ser , se está llevando a cabo un cambio en el formato del pasaporte ucraniano, y eso conlleva que no lo expidan el mismo día de la petición. Es más, se puede demorar diez, o veinte días, o quizá veinticinco. Hay una pareja norteamericana que se han quedado varados en Simferopol desde hace días, a la espera de que les den el pasaporte de su hijo, y otra pareja alemana que ante el cariz de los acontecimientos, ha decidido regresar a casa, y volver aquí cuando el problema esté solucionado, con el dolor que conlleva la separación del que ya es su hijo. Dolor al que nos vamos a tener que enfrentar mañana. Porque ante la posibilidad de tanto tiempo aquí, y teniendo en cuenta, que yo tenía que volver inexcusablemente diez días, hemos decidido irnos todos, y esperar a que nos digan que está solucionado para volver. Ni económica ni laboralmente es sostenible una estancia aquí de un mes más. Se nos va a partir el alma al mirarle a los ojitos mañana y decirle, sabiendo que no entiende, que no nos vamos para siempre, que es un pequeño paréntesis, y que luego nos espera toda la vida juntos. Al pedirle que no olvide las poquitas palabras españolas que ya sabe, y sobre todo que no olvide nuestras caras y nuestros besos. Que nuestra casa en Madrid va a estar tremendamente incompleta sin ella, y que si es posible, en diez días volveremos a por ella y ya será para siempre. No lo va a entender ahora, pero espero que nuestros ojos le transmitan que la queremos, y que no la vamos a abandonar. Que estas profesiones tan locas que tienen sus padres nos hacen regresar a casa, pero que vamos a aprovechar para terminar de hacerla acogedora para ella, para preparar su llegada.
Nos vamos de Simferopol, pero un trocito rubio y con coletas de losquintasortegas se queda aquí. No estaremos completos hasta que volvamos.
Os queremos.

Delante del Palacio de Lidavia, sede de la Conferencia de Yalta